Los (posibles) límites de la libertad

Ha transcurrido casi un mes desde los atentados al Semanario Charlie Hebdo y probablemente sea un buen momento para hacer un alto y revisar por donde se han orientado los comentarios, tanto de los especialistas, como de la opinión pública. A partir de ello, preguntarnos cuan viable es ponerle límites a la libertad.

Una de las primeras ideas que parecían tener coincidencia insistían en reflexionar acerca de los límites de la libertad de expresión y si estos habían sido vulnerados por los caricaturistas del semanario, atentando contra las creencias del pueblo musulmán. A partir de ello, el análisis se detenía en tratar de identificar si esta libertad había transgredido ciertos límites bajo la figura del humor, la sátira, la burla; es decir, si la misma libertad en su faceta expresiva tiene un límite cuando ofendes las creencias más importantes de “otro”. Sin embargo, y esto es necesario anotarlo con preocupación, en algunas de estas reflexiones (algunas más explícitamente que otras), parecía deslizarse una conclusión en torno al destino final de los caricaturistas: ‘Ustedes se lo buscaron’. Algo así como: ‘ustedes jugaron con fuego, no respetaron un conjunto de dogmas defendidos fanáticamente desde ciertos sectores del mundo musulmán vinculados al terror, sectores que asumen que el único castigo justo es la muerte’.

Considero que es muy complicado, por no decir imposible, cerrar la discusión en torno a los límites de la libertad de expresión. Incluso, se hace más complicada aún, cuando esta libertad se expresa a través del humor, la ironía, la sátira, la burla, etc. Muy recientemente nuestra sociedad también ha acudido a episodios en los cuales se intentó trazar una línea clara entre lo legal y lo ilegal, sino recordemos aquel encuentro entre el Ministro del Interior y el abogado defensor de Abimael Guzmán, acusando el primero al segundo de utilizar una exposición artística como apología del terrorismo. O un segundo episodio, también muy reciente, teniendo nuevamente como protagonista al mediático Ministro del Interior, esta vez sobre una obra de teatro  llamada La Cautiva, dejando una sospecha sobre un supuesto prosenderismo de la misma. O aquella, hace un par de años, con la artista Cristina Planas en la muestra llamada “Así sea”, que tuvo el ‘atrevimiento de mostrar en ropa interior nada menos que a Sarita Colonia, Santa Rosa de Lima o al mismo Jesucristo. Esta vez la censura provino de un grupo católico conservador llamado Tradición y Acción. Finalmente, en este breve recuento, la que sufrió el caricaturista Piero Quijano, quien inspirado en una de las fotografías más famosas de la Segunda Guerra Mundial (la del periodista Joe Rosenthal que muestra a seis soldados norteamericanos izando la bandera sobre el monte Subirachi en Japón), muestra también a un grupo de soldados, pero en una contexto diferente, el de la violencia armada que vivió el país entre 1980-2000. Este grupo no trata de izar una bandera, más bien está levantando un fusil gigantesco que apuñala a un campesino que yace tendido. Esta muestra, del año 2007, generó una carta del Comandante General del Ejército Edwin Donayre, quien pidió la censura de la muestra.

Lo que intentan mostrar todas estas historias es lo difícil que es trazar, en algunos casos, los límites entre moral e inmoral, arte y vulgaridad, fe y blasfemia. Como es complicado trazar estos límites final y definitivamente, y que incluso fijándolos estos resistan el paso del tiempo (en sociedades cada vez más dinámicas y abiertas al cambio, más diversas culturalmente), me animo a recoger la propuesta de las filosofas españolas Adela Cortina y Victoria Camps, quienes hablan de una ética de fines (lo bueno) y medios (lo justo). Para ambas, las sociedades modernas tienen intereses particulares y comunitarios tan diversos que es imposible pensar en fines comunes en los cuales se sientan identificados absolutamente todos. Por ejemplo la libertad, como acabamos de ver, suscita diversas perspectivas en cuanto a sus límites. La felicidad es concebida de diversas formas. El desarrollo genera desencuentros entre modernidad y tradición, etc.

Entonces, si es difícil ponernos de acuerdo en lo bueno, porque existen diversas concepciones en torno a ello, la tarea parece ser ponerse de acuerdo en los medios, lo justo, lo que Adela Cortina denomina una ética de mínimos. Es decir, si no podemos ponernos de acuerdo en la felicidad, por lo menos pongámonos de acuerdo en el respeto a la vida que haga posible esa felicidad que cada uno de los individuos vaya trazando. Si no existe una fe única (y es bueno que no exista, ya que puede convertirse en imposición), por lo menos aseguremos el respeto a cada una de esas manifestaciones religiosas. El lector podría rápidamente argumentar que los caricaturistas no consideraron ese mínimo de respeto a otra expresión religiosa. Sin embargo, dentro de esta ética de mínimos que busca permitir una mejor convivencia, ese respeto a mis creencias, bajo ninguna circunstancia, puede justificar vulnerar ese otro mínimo llamado respeto a la vida. Las ilustraciones de Charlie podrán resultar para algunos chocantes, expresión implícita de una creciente intolerancia frente al “otro” (musulmán, latino, africano) que se desarrolla en Europa. Sin embargo ello no justifica bajo ninguna circunstancia, quitarle la vida al otro. Si renunciamos incluso a ese mínimo, o lo relativizamos, la convivencia será mucho más difícil de lo que ya es. 

Jorge A. Zegarra López