TV BASURA

El día 27 de febrero, si usted acaso no estaba enterado, se realizará la denominada marcha contra la TV basura en el Perú. La convocatoria incluye a Arequipa (el punto de concentración es en la Plaza España) y tiene como objetivo el cuestionamiento de programas que actualmente se colocan en los horarios estelares de los canales de señal abierta: Esto Es Guerra (EEG), Combate, Al fondo al sitio, Amor, amor, amor; entre otros.

Aun cuando las motivaciones de los organizadores sean presentadas como bienintencionadas y sus objetivos apunten a construir una mejor sociedad, con medios de comunicación que estén al servicio de la ciudadanía, que brinden contenidos de calidad y que sean un complemento en la formación, esta iniciativa lleva consigo algunas debilidades que creo es pertinente reconocer y analizar.

Una primera debilidad tiene que ver con la crítica a los Medios de Comunicación (MMCC), en especial a los de señal abierta. Si bien su función parece ser informar y entretener, el juicio más importante de los promotores de la marcha tiene que ver con la denuncia respecto a los MMCC como manipuladores, deformadores, asociados perversamente con el establishment para mantener el orden de las cosas y que el televidente se embobe más que nunca, no cuestione nada, reciba acríticamente cualquier información, adormezca su cerebro y los procesos mentales que se desprenden de ello. Un ciudadano de estas características es más fácil de dominar, engañar, manipular, etc.

Si bien es innegable el poder los MMCC poseen, creo que la discusión sigue abierta en torno a sus roles y a los límites de su poder. En relación a los roles, ¿los medios deben informar y entretener? O más bien ¿Informar o entretener? En el caso de la señal abierta, estos canales han tratado de ofrecer en su programación ambas cosas, dándole mayor espacio al entretenimiento, asumiendo que es una búsqueda prioritaria de sus televidentes. En relación a los límites del poder de los MMCC, ¿son los medios conglomerados todo poderosos que están aliados con los poderes de turno para lavarnos el cerebro (sobre todo a los más pobres) y decirnos que hacer? Considero que ese supuesto poder absoluto posee límites. Por ejemplo, en la supuesta objetividad en la cobertura informativa de determinados hechos, en los cuales existe cierta uniformidad a nivel de los medios grandes y que gozan de credibilidad (ya sea por su antigüedad, prestigio, cobertura) de vez en cuando aparecen grietas que debilitan esa supuesta fortaleza. Las redes sociales, los blogs, los correos electrónicos cuestionan esa supuesta uniformidad y nos muestran ese lado de la noticia que sospechábamos, pero que no teníamos la certeza de su existencia. En nuestro país ha ocurrido de manera especial en contextos de conflictividad social, donde los medios de comunicación locales han salido al frente de los medios nacionales, intentando mostrar los hechos desde otro ángulo, desde la mirada de los actores locales, originándose toda una batalla por tratar de mostrar aquello que el otro, por diversos intereses, no quiere mostrar. Con ello no niego el poder de los medios, pero si me animo a afirmar que este poder no es absoluto.

Una segunda debilidad tiene que ver con que la mayoría de las críticas apuntan al medio (es decir al ofertante) pero tiene poco cuidado en el espectador (demandante, consumidor, cliente, ciudadano) y lo poco preocupados que están los organizadores de la marcha en tratar de entender ¿por qué la gente ve lo que ve?  Considero que aquí nos movemos entre una suerte de paternalismo: “yo te voy a decir que debes ver, que es bueno para ti, que va a permitir que tu cerebro dormido finalmente despierte” y una tesis que insiste en dividir en alta y baja a la cultura, al estilo Vargas Llosa en su Civilización del Espectáculo. Tal como nuestro nobel lo presenta, la cultura popular, esa misma que sigue EEG o Combate, ha banalizado nuestro consumo cultural y ha replegado aquellas altas expresiones del quehacer artístico humano, casi hasta hacerlas desaparecer. Es decir, la alta cultura (la de los conciertos, obras de arte, teatro) ha sido sacrificada en aras de aquello que “le gusta a la gente.” Si bien esta tesis es poderosa y se sigue manejando en numerosos círculos académicos para explicar la decadencia de la civilización, encubre, por un lado, un criterio etnocéntrico para definir que es cultura y que no lo es (lo occidental es cultura). Además, no reconoce que existen otros factores que condicionan o potencian, según sea el caso, nuestros consumos culturales, como es nuestra educación, nuestra economía, nuestro modo de vida.      

Considero que es pertinente conocer a ese gran público seguidor de estos programas, pero desde otra óptica y hacernos preguntas que hasta el momento nadie se atreve o puede responder: ¿Por qué la gente mira lo que mira? ¿Qué tipo de necesidad satisface? ¿Qué búsquedas resuelve? Creo que es importante plantearlas y tratar de responderlas, pero dejando a un lado, lo más que se pueda, una moralidad cargada de paternalismo, que en algunos casos desprecia a quien supuestamente está tratando de favorecer.

Jorge A. Zegarra López