Nuevas tesis para entender la conflictividad

Transcurridos más de 40 días, el conflicto social de Tía María parece ser una suerte de película que hemos visto más de una vez, con actores recurrentes, diálogos conocidos, acciones repetidas y un final que, si bien de momento es difícil de predecir, es posible intuir. Sin embargo, algunas películas, aun cuando las vemos varias veces, siempre parecen dejarnos nuevas lecciones, lecciones que no pudimos (o tal vez no quisimos) apreciar. Todo depende de nuestra capacidad de poder apreciar con ojos nuevos, aquello que parece dramáticamente viejo y tristemente repetitivo.

Una de las primeras lecciones que es posible mencionar es la visión marcadamente simplificada que amplios sectores poseen en torno a la conflictividad social en el país. Esta parece resumirse a estar a favor o en contra, declararse prominero o antiminero, a estar del lado de los buenos o malos (dependiendo, claro, de quien tienes a tu lado). Finalmente, calificar el juicio propio como racional y el ajeno como irracional. La opinión pública, en los últimos 40 días, parece haber trazado una imaginaria línea que divide nuestra realidad en dos y nos obliga, de alguna manera, a ubicarnos en alguno de los lados, asumiendo que este ejercicio no solo es posible, sino incluso reviste un carácter moral, ya que están en juego más cosas de las que podemos imaginar.

Es también interesante percibir como, casi todos, parecen tener una opinión casi dogmática (por no decir fanática). Sea a través de la opinión en radio, televisión o redes sociales, muchos de nuestros juicios intentan evidenciar una solidez que no parece mostrar ninguna fisura. Sin embargo, me animo a preguntar, ¿Cuán capaces somos de poder cuestionar nuestras propias certezas, en torno al rol de la minería, al rol de la agricultura, a la figura de las empresas, del Estado, de las dirigencias, de los medios de comunicación, etc.? Frente a fenómenos tan complejos, llegar con certezas tan poco flexibles es negarse la posibilidad de entender las cosas de una manera diferente e incluso de hacerse preguntas tan incómodas como pertinentes.

En un valioso esfuerzo por intentar ver más allá de un juicio apasionado y descalificador, e ir construyendo de manera sistemática y analítica un mejor modo de acercarse a la conflictividad en la región, Fernando Calderón hace algún tiempo se animó a proponer Diez tesis sobre el conflicto social en América Latina (Revista N° 107 de la CEPAL)*. Si bien el espacio no nos permitirá compartir todas las tesis, hemos seleccionado algunas de ellas que pueden ayudarnos a ir dejando de lado esta lógica facilista de buenos y malos, de racionales e irracionales y animarnos a llegar con más preguntas que respuestas.

La primera de las tesis se detiene en la desigualdad, vinculada no solo a la diferenciación social o a la mayor concentración de la riqueza, sino de manera especial al malestar ciudadano por estos niveles de desigualdad, expresados en la protesta social. ¿Son resentidos, etiqueta utilizada de manera recurrente por nuestros ‘opinólogos’ para descalificar cualquier postura contraria? El ‘resentimiento’ no sería exclusividad peruana, ya que por un lado seguimos siendo la región más desigual del planeta y la distribución del ingreso es una suerte de copa de champagne, amplia en la parte superior (el 20 % más rico posee el 56% de los ingresos) y muy estrecha en la parte inferior (el 20 % más pobre apenas el 3,4%).

Una tercera tesis señala que los conflictos tienen racionalidades complejas e intensidades distintas. Así, mayores brechas sociales y menores niveles de legitimidad institucional generan mayor cantidad de conflictos. Una cuarta tesis pone su mirada en el Estado. Según el Proyecto Análisis Político y Escenarios Prospectivos-Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, el Estado concentra el 70%  de las demandas, es decir, la institución hacia la cual se dirigen mayoritariamente las demandas sociales. Estas provienen, según el mismo informe, de una sociedad altamente fragmentada, a nivel de actores e identidades. El actor demandante más importante es el vecino comunal.

La tesis seis identifica tres grandes campos de conflictividad que parecen agrupar a todos los demás: la reproducción social (satisfacción de necesidades básicas), las demandas institucionales (mayor eficacia en las instituciones del estado) y las demandas culturales (cambio en el modo de vida). El tipo de conflicto predominante es el de reproducción social, que está dividido en demandas de carácter laboral/salarial (59,2%), medidas económicas o la situación económica (35,5%) o los conflictos por la tierra (5,3%). Sin embargo, este último tipo de conflicto (por la tierra) presenta mayores niveles de radicalidad frente a los dos primeros. Una última tesis, que aparece a modo de propuesta final, sugiere la necesidad de una política constructivista. Es decir, un Estado legítimo y eficiente y ciudadanos que nos solo protesten, sino también sean capaces de dialogar y proponer.

Estas son tan solo algunas claves para acercarse a un viejo tema con ojos nuevos, ya que la mirada predominante que divide a la sociedad en blanco y negro está lejos de brindarnos una explicación certera de lo que pasa, y más lejos aún de poder construir caminos que nos conduzcan a un diálogo verdadero. Más bien ha contribuido en acentuar la división de nuestra ya fragmentada sociedad, que insiste en colocarnos en uno de los dos bandos, donde cada uno reclama tener la razón y siempre percibe al otro como el equivocado.

Jorge A. Zegarra López