IDENTIDAD Y VIOLENCIA

¿La identidad es una búsqueda? ¿Una carencia en el caso del Perú? ¿Algo que ya viene dado, como una especie de esencia que todos compartimos por el hecho de haber nacido o vivir en una determinada tradición cultural? ¿Hay identidades excluyentes, que pretenden afirmarse negando a otras? Los últimos días hemos podido acudir a un conjunto de expresiones que pretendiendo ser una afirmación identitaria propia (‘soy un verdadero arequipeño’) han intentado negar otras expresiones identitarias, todo ello en medio de una violencia desbocada, tanto en el mundo real, como en el mundo virtual.

Si bien las redes sociales y los medios de comunicación han sido uno de los espacios que han registrado esta situación, es posible también confirmar algunas intuiciones sobre un problema que parece corroer nuestro tejido social: el racismo. Y esta confirmación parece indicarnos la cotidianeidad del prejuicio racial, que no solo remarca diferencias tanto fenotípicas como culturales, además establece una relación jerárquica en función a ellas que colocan en un lugar inferior y desprestigiado a aquel que no es como ‘yo’.  Este tipo de relación excluyente parece exacerbarse en determinadas circunstancias, especialmente aquellas en que estas supuestas fronteras establecidas por el discriminador se ven amenazadas, cuestionadas, debilitadas por aquellos que no saben respetar el lugar que les ha asignado una suerte de orden social e invaden espacios que no solo no les pertenecen, donde además no son bien recibidos.

La identidad puede estar relacionada con el racismo, y el racismo es tanto una forma de identidad (forma de concebir el mundo, de ver mi lugar en el mundo, de ver a los demás, de verme a mí mismo) como una forma de violencia. Y la violencia es uno de los posibles tipos de respuesta en una situación conflictiva. Como bien anota Gonzalo Portocarrero en un trabajo reciente*: “La violencia letal sigue siendo una opción válida para enfrentar el disenso: ‘Muerto el perro, se acabó la rabia’. En una comunidad nacional la violencia letal es sustituida por la negociación como forma de arreglar los conflictos.” Esta negociación de la que habla Portocarrero, que tiene como instrumento el diálogo, requiere una condición sin la cual este es imposible: “Pero aprender a dialogar supone trascender los estereotipos que satanizan al otro como ‘indio bruto’ o ‘pituco arrogante’, un antagonismo absoluto. Estos prejuicios están tan arraigados que socavan el dialogo, pues cualquier diferencia tiende a ser inscrita en el marco de una confrontación radical e insuperable. El aprendizaje del dialogo supone pues la construcción de una confianza previa, descartar la idea de un antagonismo absoluto.”

Pero parece existir otra condición que nos permitiría construir diálogos más efectivos en medio de la diferencia y esta es acercarnos a la identidad con nuevos ojos. En uno de sus trabajos más conocidos llamado Identidades Asesinas, el periodista libanes Amin Maalouf presenta algunas reflexiones sobre la identidad que habría que tenerlas presente en estos días de marcada intolerancia. Maalouf refiere que: “Desde que dejé Líbano en 1976 para instalarme en Francia, cuántas veces me habrán preguntado, con la mejor intención del mundo, si me siento ‘más francés’ o ‘más libanés’. Y mi respuesta es siempre la misma: ‘¡Las dos cosas!’ Y no porque quiera ser equilibrado o equitativo, sino porque mentiría si dijera otra cosa.” Maalouf agrega que: “La identidad no está hecha de compartimentos, no se divide en mitades, ni en tercios o en zonas estancas. Y no es que tenga varias identidades: tengo solamente una, producto de todos los elementos que la han configurado mediante una ‘dosificación’ singular que nunca es la misma en dos personas.”

La pregunta que parece desprenderse de las valiosas reflexiones de Maalouf parece ser: ¿La identidad arequipeña actual es una entidad homogénea, monolítica, esencial, que se transmite por la sangre o se adquiere únicamente haber nacido al pie de un volcán? ¿O es más bien una combinación de una diversidad de elementos, donde lo extraño va convirtiéndose poco a poco en lo propio?

Aun cuando el reclamo es válido (en relación a la destrucción de propiedad pública y privada), este termina diluyéndose y perdiendo legitimidad, porque no parece esforzarse en condenar la violencia o la destrucción, sino más bien recordar y reforzar la exclusión, la diferencia, el lugar del migrante. La idea fuerza no parece ser “no destruyas aquello que es de todos”, sino más bien “no destruyas una ciudad que no es tuya, en la que sigues siendo un invasor, porque no eres igual a mí”.

La violencia es inaceptable. Nadie tiene derecho a destruir propiedad privada o pública. Pero afirmar esa obligación tal y como se ha venido haciendo, en nombre de una “arequipeñeidad verdadera” no creo que apunte al fondo del problema y más bien reafirma una vieja intuición. Como acertadamente anota hace algunos días Nelson Manrique, parece reconfirmar la existencia de una mentalidad oligárquica y excluyente que se resiste a cambiar. El reclamo debiera apuntar a la dimensión ciudadana, que tenemos todos los habitantes de esta ciudad, dimensión que nos brinda derechos, pero también obligaciones en la convivencia con los demás.  

Jorge A. Zegarra López